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Todo es perdonable

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El ATentado de Devadatta

El atentado de Devadatta

El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo.

Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios.

Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente.

Muy sorprendido, Devadatta preguntó:
- ¿No estás enfadado, señor?
-No, claro que no.

Sin salir de su asombro, inquirió:
-¿Por qué?

Y el Buda dijo:
- Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.

El Maestro dice: Para el que sabe ver, todo es transitorio: para el que sabe amar, todo es perdonable.

Fuente: 101 cuentos clásicos de la India – Ramiro A. Calle

Buddha de piedra

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Buda de piedra

Un comerciante que llevaba cincuenta rollos de algodón sobre sus hombros paró a descansar en un caluroso dia bajo un techado. Sobre el se encontraba una gran estatua de un Buddha. Allí se quedó dormido, y cuando despertó habían desaparecido sus mercancias. Inmediatamente informó a la policia.

Un juez llamado O-oka inició una investigación.
-Ese Buddha de piedra debe de haberte robado tus mercancias – concluyó el juez. Se supone que debe de velar por el bienestar de la gente, pero no ha cumplido su sagrada tarea. Arréstenlo.

La policia arrestó al Buddha de piedra y lo llevaron a juicio. Un numeroso grupo de curiosos siguió a la policia y al Buddha de piedra para conocer que sentencia le impondría el juez.

Cuando O-oka subió a su estrado, gritó encolerizado a la multitud:
- ¿Pero qué derecho teneis para entrar a unos tribunales riendo y haciendo burla de esta manera? Habeis interrumpido un juicio, y por lo tanto sereis multados y puede que arrestados.

La gente se disculpó discretamente.

- Entonces debo imponeros una sanción – dijo el juez – pero la anularé en caso de que traéis aquí un rollo de algodón cada uno. El que no lo haga antes de tres dias, sera arrestado.

No le costó al comerciante reconocer uno de los rollos como suyo, y de esta manera pudieron arrestar al ladrón. El mercader recuperó su mercancia, y el juez devolvió a los ciudadanos las suyas.

Fuente: Internet, autor desconocido

El eremita astuto

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Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y su rostro aparecía surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida. Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un lirio. Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos. Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego.

Yama, el Señor de la Muerte

Yama, el Señor de la Muerte

La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino. El ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya. Cuando llegó el emisario de la muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo. Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo acontecido.

Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión. Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño. De nuevo, el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario. En unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya.

El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales. Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:
- Muy bien, pero que muy bien. !Qué gran proeza!

Y tras un breve silencio, agregó:
- Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo.

Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:
-¿Cuál?

Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la muerte.

El Maestro dice: El ego abre el camino hacia la muerte y nos hace vivir de espaldas a la realidad del Ser. Sin ego, eres el que jamás has dejado de ser.

Fuente: 101 cuentos clásicos de la India – Ramiro A. Calle

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