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La cerámica del emperador

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Vasos de porcelana chino

Al emperador de China le regalaron cincuenta y cinco magníficos vasos de porcelana. Eran de gran valor. El color dominante era el azul, con gradaciones violeta. ¡Una maravilla!

El Emperador andaba orgulloso, tanto que hasta hizo construir un palacio para ambientar dignamente aquellas obras de arte. Y encargó a un Mandarín cuidar de ellos: él sólo podía tocar los vasos con cuidado y quitarles el polvo delicadamente. Y, ¡ay de aquel que los dañase!, dijo severamente.

- ¡Si alguien raya un vaso, le cortaré las manos, y si alquien rompiera uno, lo pagará con la cabeza

El Mandarín puso todo el empeño, pero una tarde tropezó contra un vaso que cayó a tierra y se rompió. Y al día siguiente, rodó por tierra también la cabeza del Mandarín. Un segundo y tercer guardián corrieron la misma suerte. Los riesgos de aquel encargo, evidentemente, eran superiores a las ventajas; de manera que nadie en la corte tenía el coraje de aceptarlo.

Al fin, se presentó un viejo sabio, vivo y sonriente.
- Yo, dijo, tengo ya setenta años, y aun si me va mal, pierdo poco.

Sus modales agradaron tanto al Emperador que lo aceptó, a pesar de las acostumbradas exhortaciones y amenazas. Al recibir el encargo, el viejo se puso en acción inmediatamente: tomó un grueso palo y con ganas daba golpes a lo loco. En pocos instantes rompió todos los vasos. Dejó una montaña de cascotes en el suelo.

Fuera de sí el Emperador gritó:
- Maldito salvaje, ¿qué has hecho?

- Hijo del Cielo, respondió el viejo sabio con imperturbable calma.
- He salvado la vida a cincuenta y uno de vuestros mejores súbditos.

El Emperador pensó en ello durante algún segundo. Después comprendió, y lo hizo su consejero.

Fuente: desconocido

El destino

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Batalla

Durante una batalla, un general japonés decidió atacar aún cuando su ejército era muy inferior en número. Estaba confiado que ganaría, pero sus hombres estaban llenos de duda. Camino a la batalla, se detuvieron en un lugar sagrado. Después de rezar con sus hombres, el general sacó una moneda y dijo:

- Ahora tiraré esta moneda. Si es cara, ganaremos. Se es cruz, perderemos. El destino se revelará.

Tiró la moneda en el aire y todos miraron atentos como aterrizaba. Era cara. Los soldados estaban tan contentos y confiados que atacaron vigorosamente al enemigo y consiguieron la victoria.

Después de la batalla, un teniente le dijo el general:
- Nadie puede cambiar el destino.

- Es verdad – contestó el general – mientras mostraba la moneda al teniente. Tenía cara en ambos lados.

Fuente: tradicional Zen

El rey de oro

india Incluir comentario »

Olla de oro

Un día un pobre hombre que vivía en la miseria y mendigaba de puerta en puerta, vio un carro de oro que entraba en el pueblo llevando un rey sonriente y radiante.

El pobre se dijo de inmediato:
- Se ha acabado mi sufrimiento, se ha acabado mi vida de pobre. Este rey de rostro dorado ha venido aquí por mí. Me cubrirá de migajas de su riqueza y viviré tranquilo.

En efecto, el rey, como si hubiese venido a ver al pobre hombre, hizo detener el carro a su lado. El mendigo, que se había postrado en el suelo, se levantó y miró al rey, convencido de que había llegado la hora de su suerte. Entonces el rey extendió su mano hacia el pobre hombre y dijo:
- ¿Qué tienes para darme?

El pobre, muy desilusionado y sorprendido, no supo que decir.
- ¿Es un juego lo que el rey me propone? ¿Se burla de mí? – se dijo.

Entonces, al ver la persistente sonrisa del rey, su luminosa mirada y su mano tendida, el pobre metió su mano en la alforja, que contenía unos puñados de arroz. Cogió un grano de arroz, uno solo y se lo dio al rey, que le dio las gracias y se fue enseguida, llevado por unos caballos sorprendentemente rápidos.

Al final del día, al vaciar su alforja, el pobre encontró un grano de oro. Se puso a llorar diciendo:
- ¡Qué estúpido que fui, por qué no le habré dado todo mi arroz!

Maestro: lo que das te lo das, lo que no das te lo quitas

Fuente: autor Rabindranath Tagore

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