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¡EMPIEZA EL DIA CON UN CUENTO! ... publicamos cada día cuentos nuevos.

Tintoreria

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Tintoreria

Cuando Nasrudin tenía una tintoreria, vino un cliente que le dijo:

- Podrías teñirme este vestido?

- ¿De qué color lo quieres?

- Ah, nada complicado, pero que no sea ni rojo, ni verde, ni blanco, ni negro, ni amarillo, ni lila. Bien, ya me entiendes, no querría ningún color conocido, pero fuera de esto, nada especial. ¿Me lo puedes hacer?

- ¡Claro que si, hombre! Pasa a recogerlo cuando quieras, pero que no sea ni lunes, ni martes, tampoco miércoles, ni jueves y menos viernes. ¡Ah! Y el sábado y domingo esta cerrado. Fuera de esto, ya lo sabes, siempre y cuando quieras.

Fuente: tradicional Sufi

El Clavo

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Clavo

Nasrudin se ve obligado de vender la casa que ha heredado de su padre tras haber sufrido los reveses de la fortuna. Un hombre sin escrúpulos se aprovecha de la situación y le propone comprar la casa a un precio ridículo. Nasrudin se da perfecta cuenta de que este hombre es un ladrón, pero acepta poniendo una pequeña condición:
- ¿Cuál?

¡Como puede usted ver, en esta pared hay un clavo! Este clavo fue de mi padre y es el único recuerdo que me queda de él. Le vendo esta casa, pero deseo seguir siendo propietario del clavo. Si está conforme con esta condición, acepto su oferta. Tendré evidentemente, derecho a colgar de él todo lo que quiero.

El comprador se tranquiliza pensando que un clavo en una casa no es gran cosa. Le pregunta a Nasrudin:
- ¿Vendrá usted a menudo?
- No, no, a menudo no.

El comprador no ve ningun problema y acepta la cláusula. Firman el contrato de venta ante notario en el que se específica que Nasrudin es el propietario del clavo y que puede hacer lo quiera con él. El nuevo propietario toma posesión del lugar y se instala en él con toda su familia hasta que un buen día se presentó Nasrudin.

- ¿Puedo ver mi clavo?
- ¡Por supuesto! Pase – responde cordialmente el propietario.

Nasrudin entra y se recoge profundamente delante del clavo y luego vuelve a irse. Algunos días más tardes, regresa con un pequeño cuadro en el que hay la foto de su padre.
- ¿Puedo ver mi clavo?

El propietario le deja entrar y Nasrudin cuelga el cuadro.

La vez siguiente, llega con un manto y una túnica y dice al propietario (que está ligeramente irritado):
- Estas son ropas que pertenecieron a mi padre.
- ¡Quisiera colgarlas en mi clavo!

Pero, un buen día, Nasrudin se presenta ante la puerta arrastrando detrás de sí el cadáver de una vaca. El comprador, estupefacto, le pregunta:
- Pero ¿qué viene hacer aquí con ese cadáver?
- ¡Está claro, vengo a colgarlo en mi clavo!

Cosa que hace al instante, sordo a las súplicas del comprador estupefacto. La policía, llamada al lugar del litigio, le da la razón a Nasrudin a la vista del contrato. El cadáver empieza a pudrirse para gran desesperación del imponente propietario. Al cabo de un cierto tiempo, Nasrudin vuelve con otro cadáver que cuelga del mismo clavo. La pestilencia es tal que el propietario se ve obligado a huir del lugar. Y así fue como Nasrudin recuperó su casa.

Fuente: tradicional Sufi

Miau

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Un samurai, feroz guerrero, pescaba apacilemente a la orilla de un río. Pescó un pez y se disponía a cocinarlo cuando el gato, oculto bajo una mata, dio un salto y le robó su presa. Al darse cuenta, el samurai se enfureció, sacó su sable y de un golpe partió el gato en dos.

Gato

Este guerrero era un budista ferviente y el remordimiento de haber matado a un ser vivo no le dejaba luego vivir en paz.

Al entrar en casa, el susurro del viento en los árboles murmuraba miau.
Las personas con la que se cruzaba parecían decirle miau.
La mirada de los niños reflejaba maullidos.
Cuando se acercaba, sus amigos maullaban sin cesar.
De noche no soñaba más que miaus.
De día, cada sonido, pensamiento o acto de su vida se transformaba en miau.
El mismo se había convertido en un maullido.

Su estado no hacía más que empeorar. La obsesión le perseguía, le torturaba sin tregua ni descanso. No pudiendo acabar con los maullidos, fue al temploa pedir consejo a un viejo maestro Zen.

- Por favor, te lo suplico, ayúdame, libérame.

El Maestro le respondió:

- Eres un guerrero, ¿cómo has podido caer tan bajo? Si no puedes vencer por ti mismo los miaus, mereces la muerte. No tienes otra solución que hacerte el haraquiri. Aquí y ahora.
- Y añadió: Sin embargo, soy monje y tengo piedad de ti. Cuando comiences a abrirte el vientre, te cortaré la cabeza con mi sable para abreviar tus sufrimientos.

El samurai accedió y, a pesar de su miedo a la muerte, se preparó para la ceremonia. Cuando todo estuvo dispuesto, se sentó sobre sus rodillas, tomó su puñal con ambas manos y lo orientó hacia el vientre. Detrás de él, de pie, el Maestro blandía su sable.

- Ha llegado el momento -le dijo-, empieza.

Lentamente, el samurai apoyó la punta del cuchillo sobre su abdomen. Entonces, el maestro le preguntó:
- ¿Oyes ahora los maullidos?
- Oh, no, ¡Ahora no!
- Entonces, si han desaparecido, no es necesario que mueras.

Maestro: En realidad, todos somos muy parecidos a ese samurai. Ansiosos y atormentados, miedosos y quejicas, la menor cosa nos espanta. Los problemas que nos preocupan no tienen la importancia que les otorgamos. Son parecidos al miau de la historia.

Ante la muerte, ¿qué cosa hay que importe?

Fuente: tradicional Zen, autor desconocido

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