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El amigo deshonesto

Saquito de oro

Había conseguido, con no pocos esfuerzos, ahorrar un saquito lleno de polvo de oro. Tenía que hacer un viaje y prefería no llevarlo encima, pues había bandoleros que no dudarían en arrabatárselo. ¿Qué hacer? Pues nada mejor, pensó, que dejarlo depositado en la casa de su amigo.

– Volveré en unos días – explicó a su amigo -. Te confio todos mis ahorros.

Partío dejando su pequeña fortuna al amigo. Este era un vago y un borrachín, así que durante estos días cada vez que necesitó medios para su ligera forma de vida, no dudó en coger un puñado de polvo de oro. Y hasta tal punto no lo dudó, que agotó en esos días su contenido. Entonces se alarmó. ¿Qué hacer para no recibir la cólera del amigo a su regreso? Se le occurió una idea: llenar el saquito con harina.

El viajero regresó a su casa y fue al día siguiente a visitar a su amigo. Le fue entregado el saquito pero, cuando lo abrió, comprobó que no era más que harina.

– ¿Pero qué has hecho con el polvo de oro? – preguntó indignado.
– ¿Con el polvo de oro? – preguntó a su vez disimulando el amigo deshonesto -. Yo te he dado el saquito tal como estaba, ni siquiera lo he abierto.

No era cuestión de ponerse a disputar. El tiepo huye con lenta pero inexorable seguridad. Transcurrieron los meses y no poca agua bajó por los ríos que serpenteaban entre los espléndidos valles. Un día el amigo desleal fue a visitar al amigo que había robado para rogarles:

– Amigo mío, debo partir unos días. No quiero dejar a mi hijo solo en casa habiendo personas aviesas que podrían hacerle daño. ¿Te importaría que pasara unos días en tu casa?
– Es lo menos que puedo hacer por ti. Deja tu hijo conmigo el tiempo que quieras.

Partió el amigo deshonesto. No sabía lo que su karma le iba a deparar. El hombre que cuidaba al hijo del que se llamaba su amigo se hizo con un mono. Con paciencia le enseñó a decir: “Soy yo, tu hijo, papá”. Unos días después, volvió el ladronzillo y reclamó a su hijo.

– Aquí lo tienes – dijo el amigo, mostrando al mono.
– No me vas a decir – gritó el ladrón – que mi hijo se ha convertido en este miserable mono.

Y entonces el mono dijo:
– Soy yo, tú hijo, papá

El ladronzillo estaba a punto de enloquecer. O sea que su hijo se había convertido en aquella criatura horrorosa y peluda. Comenzó a llorar, pero el amigo le dijo:

– Del mismo modo que mi oro se convirtió en harina, tu hijo se ha convertido en esta criatura.

Pero en seguida hizo venir al hijo del desconsolado padre. Antes, empero, le había pedido que le devolviera el oro robado. El ladronzuelo, así urgido, comenzó a trabajar, rehizo su vida, dejó de beber y recobró la amistad de su amigo.

Maestro: a toda acción sigue su reacción, como la combra al cuerpo.

Fuente: Cuentos espirituales del Tíbet – Ramiro A. Calle

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