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Araña

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Una historia Tibetana cuenta sobre un estudiante de meditación que, mientras meditaba en su cuarto, creía ver una araña descender frente a él.

Araña

La amenazante criatura regresaba cada día, cada vez más grande. El estudiante estaba tan asustado que fue a su maestro a contarle su dilema. Le dijo que planeaba coloca un cuchillo sobre su falda durante la meditación, así si la araña apareciera, la mataría. El maestro le aconsejó que no lo hiciera. En cambio, le sugirió llevar un trozo de tiza a la meditación, y cuando la araña apareciera, le marcara una “X” en su panza. Y luego le contara.

El estudiante volvió a su meditación. Cuando la araña apareció nuevamente, él resistió la necesidad de atacarla, en cambio hizo exactamente lo que el maestro le había sugerido. Cuando más tarde le contó a su maestro, este le dijo que se levantara la camisa y mirara su propio vientre. Había una “X”.

Maestro: Nuestra mente crea problemas constantamente. Cuando logramos callar la mente nos damos cuenta que la mayoría de estas preocupaciones son ilusionarias.

Fuente: autor desconocido, Internet

Tres cráneos

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En el techo del mundo, o sea en el Tibet, un peregrino, con motivo de una larga peregrinación a uno de los santuarios más sagrados, encontró tres cráneos.

Tres cráneos

La noticia se extendió por todas las partes y llegó hasta el rey. Los tres cráneos se habían encontrado juntos y nadie sabía de su procedencia. El rey sintió gran curiosidad por el suceso y ordenó que le trajeran los cráneos. Los colocó ante sí, los observó y se preguntó:

- ¿A Quiénes pertenecían estos cráneos?
- ¿Qué clase de personas serían sus propietarios?

Quedó pensativo y se dijo:

- Me gustaría saber cual de las tres personas era la más bondadosa?

El monarca era un hombre joven, que valoraba la benevolencia en los seres humanos. Aquellos cráneos le intrigaban. ¿Cómo investigar algo sobre ellos? Entonces le hablaron de un lama-médico forense.

- Hacedle venir – ordenó el rey
- Quiero ver a ese lama-médico lo antes posible.

Unos días después, procedente de su monasterio en remotas tierras del país de las Nieves, llegó el lama-médico.

- Tengo conocimiento de que eres no sólo un piadoso lama, sino un gran forense. No te voy a entregar una tarea fácil, pero confio en ti. Mira estos tres créneos. Los encontró un peregrino en una de sus peregrinaciones. Estaban juntos y yo no he podido dejar de preguntarme cuál de ellos pertenecía a la mejor persona de las tres. ¿Podrías averiguarlo?
- Necesito unos días, majestad – dijo el lama seriamente.
- En ese tiempo espero poder traeros una respuesta que os satisfaga.
- También yo lo espero – concluyó el rey.

El lama-médico se llevó los cráneos con él. Durante unos días se encerró en la celda de un monasterio a investigar minuciosamente sobre los mismos. En principio no era una tarea sencilla.

Unos días después, el lama-médico acudió a visitar al monarca. El rey no podía disimular su impaciencia.

- Has descubierto algo? – se apresuró a preguntar
- Sí, señor, tengo la respuesta.

Colocó los tres cráneos sobre una mesa y señaló uno de ellos.

- Éste, seguro, era el cráneo de la persona más bondadosa.
- ¿Seguro? – preguntó escéptico el rey.
- Quiero una explicación convincente.

El lama-médico se expresó así:

- Cogí uno de los cráneos y pasé un alambre por uno de los oídos y observé que el alambre salía directamente por el otro oído. Sin duda se trataba de una persona a la que lo escuchado a los demás le entraba por un oído y le salía por el otro.

El médico retiró ese cráneo y añadió:

- Mirad majestad, este otro cráneo. Lo investigué a fondo. Introduje un alambre por el oído y el mismo salió directamente por la boca. Era el cráneo de una persona que, indiscretamente, contaba en el acto todo lo que había escuchado.

El monarca no pude reprimir la risa. Luego se puso serio y le dijo:

- ¿Y el tercer cráneo?

El lama-médico tomó entre sus manos el tercer cráneo y añadió:

- Señor, este cráneo es el que pertenecía a la persona más bondadosa
- ¿Por qué? Os lo explicaré.
- Recurrí de nuevo a la prueba del alambre.
- Inserté el alambre por uno de los oídos y éste apareció por el corazón. Así se evidencia que esta persona escuchaba con amor a los demás y sabía guardar sus secretos. No era solamente la más bondadosa, sino también la más sabia y prudente.

El monarca, muy complacido, dijo:

- Si eres tan buen lama como forense, no dudo de que alcanzarás la iluminación.

El lama-médico no quiso ninguna recompensa. En una humilde mulilla regresó a su monasterio.

Maestro: la bondad impregna pensamientos, palabras y obras.

Fuente: Cuentos espirituales del Tíbet – Ramiro A. Calle

La oveja-tigre

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Era una tigresa que estaba en muy avanzado estado de gestación. Eso no le refrenaba sus impulsos felinos de abalanzarse contra los rebaños de ovejas. Pero en una de esas ocasiones alumbró un precioso cachorro y no logró sobrevivir al parto.

Oveja tigre

El cachorrito fue recogido por las ovejas. Se hicieron cargo de él, dándole de mamar y cuidándolo con mucho cariño. El felino creció entre las ovejas, aprendió a pastar y a balar. Su balido era un poco diferente y chocante al principio, pero las ovejas se acostumbraron. Aunque era una oveja corporalmente bastante distinta a las otras, su temperamento era como el de las demás y sus compañeras y compañeros estaban muy satisfechos con la oveja-tigre. Y así fe discurriendo el tiempo. La oveja-tigre era manza y delicada.

Una mañana clara y soleada, la oveja-tigre estaba pastando con gran disfrute. Un tigre se acercó hasta el rebaño y todas las ovejas huyeron, pero la oveja-tigre, extasiada en el alimento, seguía pastando. El tigre la contempló sonriendo. Nunca había visto algo semejante. El tigre se aproximó al cachorro y, cuando éste levantó la cabeza y vio al animal, exhaló un grito de terror. Comenzó a balar desesperadamente.

- Cálmate, muchachito – le apaciguó el tigre.
- No voy a hacerte nada.
- Al fin y al cabo somos de la misma familia
- ¿De las misma familia? – replicó sorprendido el cachorro.
- Yo no soy de tu familia, ¿Qué dices?
- Soy una oveja.
- Anda, acompáñame – dijo el tigre.

El tigre-oveja le siguió. Llegaron a un lago de aguas maravillosamente tranquilas y despejadas.

- Mirate en las aguas del lago – dijo el tigre al cachorro.

El tigre-oveja se miró en las aguas. Se quedó perplejo al contemplar que no era parecido a sus hermanas las ovejas.

- Mirame a mi.
- Mirate a ti y mírame a mí.
- Yo soy un poco más grande, pero ¿no compruebas que somos iguales?
- Tú no eres una oveja, sino un tigre.

El tigre-oveja se puso a balar.

- No bales – le reprendió el tigre, y a continuación le ordenó ruge.

Pero el tigre-oveja siguió balando y en días sucesivos, aunque el tigre trató de persuadirle de que no era una oveja, siguió pastando. Pero unos días después el tigre le trajo un trozo de carne cruda y le conminóa que lo comiera. En el mismo momento en que el tigre-oveja probó la carne cruda, tuvo consciencia de su verdadera identidad, dejó el rebaño de ovejas, se marchó con el tigre y llevó la vida propia de un tigre.

Maestro: hasta que no probamos el sabor de nuestro ser interno, vivimos de espaldas a nuestra propia identidad, identificados con lo que creemos ser y no somos.

Fuente: Cuentos espirituales del Tíbet – Ramiro A. Calle

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