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Todo es Dios

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El gurú y el discípulo estaban departiendo sobre cuestiones místicas.

Elefante

El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:

- Todo lo que existe es Dios.

El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal, gritó avisando:

- ¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!

Pero el discípulo, inmutable, se dijo: Yo soy Dios y el elefante es Dios, así que ¿cómo puede tener miedo Dios de sí mismo?

Razonando de este modo evitó apartarse. El elefante llegó hasta él, lo agarró con la trompa y lo lanzó al tejado de una casa, rompiéndole varios huesos. Semanas después, repuesto de sus heridas, el discípulo acudió al mentor y se lamentó de lo sucedido.

El gurú replicó:

- De acuerdo, tú eres Dios y el elefante es Dios.
- Pero Dios, en la forma del muchacho que conducía el elefante, te avisó para que dejaras el paso libre.
- ¿Por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios?

Maestro: Afila el discernimiento. No tomes la soga por una serpiente, ni la serpiente por una soga.

Fuente: 101 cuentos clásicos de la India – Ramiro A. Calle

El peluquero

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Un hombre fue a una peluquería a cortarse el cabello y recortarse la barba.

Peluquero

Como es costumbre en estos casos entabló una amena conversación con la persona que le atendía. Hablaban de tantas cosas y tocaron muchos temas. De pronto, tocaron el tema de Dios.

El barbero dijo:
- Fijese caballero que yo no creo que Dios exista, como usted dice.
- Pero, ¿por qué dice usted eso? – pregunta el cliente.
- Pues es muy fácil
- .. basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe.
- Oh… dígame, ¿acaso si Dios existiera, habría tantos enfermos?
- ¿ Habría niños abandonados?
- Si Dios existiera, no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad.
- Yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas.

El cliente se quedó pensando un momento, pero no quiso responder para evitar una discusión. El peluquero terminó su trabajo y el cliente salió del negocio. Recien abandonaba el peluquero, vio en la calle a un hombre con la barba y el cabello largo; al parecer hacía mucho tiempo que no se lo cortaba y se veía muy desarreglado.

Entonces entró de nuevo a la peluquería y le dijo al peluquero.

- ¿Sabe una cosa?
- Acabo de darme cuenta que los peluqueros no existen.
- Cómo que no existen? – pregunta el peluquero
- Si aquí estoy yo y soy peluquero.
- ¡No! – dijo el cliente – no existen
- .. porque si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre que va por la calle.
- Ah, los barberos si existen, lo que pasa es que esas personas no vienen a mi.
- ¡Exacto! – dijo el cliente

Fuente: autor desconocido

Si Alá lo quiere

sufies Incluir comentario »

Es costumbre de los musulmanes decir: “Si Alá lo quiere” antes de emprender cualquier negocio, sea grande o pequeño.

Alá

Un día Nasrudín dijo a su mujer:
- Si mañana hace bueno, iré al mercado a comprar un asno nuevo.
- Olvidaste añadir: “Si Alá lo quiere” – contestó su esposa.

Pero Nasrudín, exasperado por una racha de desgracias, puso mala cara.
- Nunca Alá parece querer nada, y estoy cansado de decir esas palabras cuando no tienen ninguna utilidad – dijo malhumorado.

El día siguiente era un día soleado y el mulá se fue a la subasta de asnos, donde compró uno por un precio muy razonable. Montado en su nuevo asno, emprendió el regreso a casa.
- ¿Quién necesita los buenos deseos de Dios? – se dijo felíz a sí mismo-.
- He encontrado una verdadera ganga sin su aprobación.

Justo entonces una culebra se deslizó por el camino. El asustado asno corcoveó y Nasrudín voló por el aire aterrizando en un matorral de espino. Cuando luchaba por liberarse del matorral, las raíces del arbusto se desprendieron y el mulá fue arrojado cuesta abajo. Después de mucho rodar y darse golpes, el arbusto llegó al pie de la ladera y Nasrudín se las arregló como pudo para liberarse de las espinas. Magullado y sangrando, con las ropas desgarradas y hechas jirones, se fue cojeando todo el camino hasta su casa. Estaba tan lejos de la aldea que no llegó hasta que la noche había caído y su esposa había cerrado la puerta con llave.

Llamó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas.
- ¿Quién es? – dijo su esposa desde dentro.
- Abre, mujer – replicó Nasrudín a punto de desfallecer- .
- Soy yo, si Alá lo quiere.

Fuente: tradicional Sufi, aportado por Elisa Rodriguez

Es otra versión del mismo cuento sufi: Si Dios quiere (publicado antes por nosotros)

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