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A las charlas del maestro Bankei asistían no solo estudiantes de Zen, sino personas de toda condición y creencia.

Obediente

Bankei no recurría jamás a citas de los sutras, ni se enzarzaba en discusiones escolásticas. Sus palabras le salían directamente del corazón e iban dirigidas a las corazones de sus oyentes.

Sus largas audiencias acabaron irritando a un sacerdote de la escuela Nichiren, cuyos adeptos o habían abandonado para ir a oír hablar del Zen. Cierto día, este egocéntrico sacerdote se encaminó hacia el templo donde disertaba Bankei, con el propósito decidido de entablar con él un duro debate.

– Eh tú, maestro Zen, – gritó
– Atiende a esto.
– Quienquiera que te respete te obedecerá en cuanto digas …
– .. pero un hombre como yo no profesa respeto alguno.
– ¿Cómo puedes hacer que te obedezca?

Bankei dijo:
– Acércate a mi lado y te demostraré.

Orgullosamente, el sacerdote avanzó entre la multitud hasta llegar al lugar ocupado por el maestro.

Este sonreía:
– Colócate a mi izquierda.

El sacerdote obedeció.

– No espera – se retractó Bankei.
– Hablaremos mejor si estás a mi derecha.
– Ponte aquí.

El sacerdote se dirigió altivamente hacia la derecha.

– ¿Lo ves? – observó entonces Bankei.
– Estás obedeciéndome.
– Y la verdad es que pienso que eres una persona muy dócil.
– Ahora siéntate y escucha.

Fuente: cuento tradicional Zen