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Por un lado era un respetado maestro, capaz de hablar con un fenomenal cordura, claridad y precisión, llegando, como nadie, al mismo núcleo de las cosas.

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Pero, de vez en cuando, ante la sorpresa de todos, se ponía a hacer desconcertantes extravagancias: reír sin motivo aparente, se quedaba herméticamente silencioso, se levantaba y dejaba plantados a los asistentes a du charla, se reía a carcajadas, se burlaba de alguno de los presentes, o aparecía medio desnudo y tantas otras extravagancias que despertaban la perplejidad y hasta la irritación de los más cercanos discípulos, porque ellos sí sabían bien que se trataba de un gran ser espiritual.

Les molestaba que algunos pudieran pensar que era un estúpido o un insensato. Por ello un día fueron a reunirse con el maestro y le expusieron su parecer.

El maestro sonrió sosegadamente y les dijo:

– Lleváis conmigo mucho tiempo, ¿no es así?
– Así es, querido maestro.
– Y no comprendeís nada, absolutamente nada.
– ¡Qué lástima!
– Sois como el estudiante que al tener una esfera entre sus manos sólo ve la mitad de la misma y le quedaba oculta la otra mitad. Igualmente vosotros sólo veis un lado de mi realidad.
– No lo entendemos – dijeron quejosos los discípulos.
– Me muestro como un insensato o un extravagante cuando quiero causar intencionadamente esa impresión en algunos para que me dejan en paz.
– Son gente insustancial y superficial y con este pequeño truco les espanto.
– Los que son más profundos, los buscadores, no se dejan desorientar por mis extravagancias, porque saben ver el fruto detrás de la cáscara.

Todos se sintieron avergonzados. Desde aquel día, empero, estuvieron encantados con las extravagancias del maestro, ya que mediante ellas apartaba a los falsos buscadores.

Maestro: a menudo el ser humano, por falta de visión penetrativa, se estrella contra las apariencias de los fenómenos.

Fuente: Cuentos espirituales del Tíbet – Ramiro A. Calle

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